Tocar fondo y volver a empezar
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Tocar fondo y volver a empezar

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Back From the Brink

La desgarradora lucha de un bombero con trastorno por estrés post traumático

Joe Kovalsky ha luchado contra un trastorno por estrés post traumático (TEPT) y otros problemas de salud durante gran parte de sus tres décadas en el cuerpo de bomberos. Kovalsky, de 48 años de edad, comenzó como voluntario cuando era adolescente, se convirtió en un bombero profesional en 1995, y desde el 2003 ha sido miembro del Cuerpo de Bomberos de Danbury (Connecticut), donde es teniente. En el 2017, después de años de depresión, abuso de sustancias, problemas con el manejo de la ira, deseos suicidas, y fallidos intentos de realizar un tratamiento ambulatorio, completó un programa de internación en el Centro de Excelencia para Tratamientos y Recuperación de Trastornos del Comportamiento de la Asociación Internacional de Bomberos (IAFF), que se inauguró el año pasado en el Condado de Prince George, Maryland. Kovalsky cuenta que el programa de la IAFF fue “la mejor decisión que tomé en mi vida”, y que ahora se siente feliz tanto en su trabajo como en su hogar. Vive con su esposa y dos hijos adolescentes en Wappingers Falls, Nueva York.

Kovalsky presentará una charla educativa sobre su experiencia personal con TEPT en la Conferencia y Exposición de NFPA en Las Vegas

A continuación se presenta un extracto editado de una entrevista con Kovalsky realizada por Scott Sutherland, editor ejecutivo de NFPA Journal.

Ya estaba traumatizado incluso antes de ingresar a los bomberos. Mi padre fue oficial de policía para la Ciudad de Yonkers y padeció TEPT y alcoholismo. Entró a la fuerzas en 1970 y se retiró en 1992. Consideraron que su alcoholismo había sido un daño relacionado con el trabajo, y esto me sacó de quicio. No tuve una buena relación con él. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 12 ó 13. Fue duro para mi mamá criarnos a mí y a mi hermano. Vivimos situaciones de mucho estrés.

Me postulé como voluntario para el cuerpo de bomberos local cuando tenía 17. Quería darle un sentido a mi vida. Mi autoestima era nula, y sentía que ingresar en el cuerpo de bomberos era lo único que podía hacer. No había ido a la universidad, no tenía un título, ni tenía experiencia en el rubro – lo único que había hecho en mi vida había sido un trabajo de tiempo parcial en una tiendo de discos. Durante mi infancia, había sido ese niño que pasa las noches de los sábados mirando a Johnny and Roy en el programa televisivo Emergency. Desde ese entonces siempre supe que quería ser bombero. Cuando finalmente ingresé a los bomberos, pensé, “asombroso, esto es para mí”.

Durante los primeros tres meses, asistí a dos llamados en los que hubo víctimas fatales y otro llamado sobre un grave accidente de motos. Y allí empecé a pensar, “¿qué estoy haciendo?” Uno era un adolescente de 16 años de edad que había recibido un disparo en la cabeza. Luego llegué primero a una escena en la que un hombre cayó muerto frente a su esposa y ella me gritaba a mí que hiciera algo, y yo tenía 17 años de edad y no tenía ni siquiera noción de lo que era una reanimación cardiopulmonar. Luego respondí a un accidente de motos – era un muchacho con el que había ido a la escuela secundaria, que perdió una de sus piernas en el accidente. Tuve que ir a recuperar la pierna.

Después de todo eso, comencé a pensar, “Listo, esto no es para mí”. Un hombre de rango superior del cuartel me visitó en la casa de mi madre. Trajo un pack de seis cervezas, nos sentamos a beber y me dijo, “tienes que enterrarlo – no puedes involucrarte”. Y así lo hice. Enterré todo – cada llamado, cada falso llamado, todos los problemas en mi vida personal. Todo.

Alrededor del año 2007, fue como que ya no pude seguir manteniendo todo enterrado y se abrió la caja de Pandora. Sentía mucha ira. No había razón ni explicación sobre qué la generaba. Podía ser que no habían sacado la basura en casa, o que alguien me trabara en el tránsito. En el trabajo, podía ser un día ocupado o las políticas del trabajo o que habíamos acudido a un falso llamado – se sumaban cuatro o cinco cosas, y me quebraba. Le gritaba a alguien, o me ponía agresivo. Cambié físicamente, apretando mis puños.  

La ira pasaría rápidamente a depresión. Había días en los que no podía ni siquiera levantarme de la cama – tenía tres días de franco y no salía de mi habitación. Tenía problemas para dormir. Era una montaña rusa de emociones – mis compañeros de trabajo y mi familia no sabían cómo tratarme. Mis hijos simplemente me evitaban.

Tuve momentos de abuso de sustancias, drogas y alcohol, durante 10 ó 15 años antes de esto. Fui un bebedor excesivo y podía manejar esto como quería. Durante años abandonaba y luego regresaba. Cuando era más joven, mi cóctel era la cerveza con pastillas para dormir, porque no podía dormir, pero luego me volví inmune a la mezcla. Creía que podía funcionar así, al menos en mi mente.

Pero decidí en 2007 que ya era demasiado, y fui a conversar con una terapeuta. Me contacté con ella a través de un bombero que ya era paciente. Era una terapeuta especializada en TEPT, abuso de sustancias, manejo de la ira y que trabajaba casi exclusivamente con socorristas, policías y militares. Me diagnosticó un severo trastorno por estrés. Fue alrededor del 2012 que recibí el diagnóstico de TEPT complejo, ansiedad y depresión. Estos diagnósticos por lo general están acompañados de abuso de sustancias.

Pero estaba realmente mal con el tratamiento. Cancelaba mis turnos y no era sincero con mi terapeuta. No tomaba mi medicación como correspondía. Me dejaba llevar por la situación sin prestar demasiada atención. De modo que no era de sorprender que no mejorara. Hacía menos de un año que estaba en tratamiento con mi terapeuta cuando mi padre falleció inesperadamente. Habían quedado muchas cuestiones no resueltas y mucha tensión entre nosotros y eso me puso realmente mal. Comencé a tomar. Y una noche volvía manejando ebrio hasta mi casa y me desmayé. Por la mañana, mi hijo me encontró en el piso del living comedor. Esto siguió así durante más o menos 10 años.

Luego comenzó el tema con los deseos suicidas. Lo que me complicó fue que había dejado de tomar hacía dos años y entonces ya no podía recurrir al alcohol para aliviar las penas. Sentía dolor físico – fatiga, dolor muscular, sudoración. Taquicardia, dolor de estómago, cefaleas. Dificultades para oír, para ver, problemas de concentración – todos los días sentía algún tipo de dolor, en cierto nivel. Fui un hipocondríaco durante años. Sin el alcohol me convertí en una persona decidida a matarse. Pasé de tener pensamientos ocasionales de suicidio a una obsesión constante de pensar, “bueno, ¿cómo voy a hacer esto?”

Tenía un plan para suicidarme. Salir un día, dejar mi celular de modo que nadie pudiera ubicarme, manejar hacia los bosques de Pennsylvania, abandonar mi auto, adentrarme millas y millas en el bosque, cavar un pozo, acostarme adentro y dispararme. La idea era pasar por un desaparecido – honestamente pensaba que nadie me encontraría, y que mi familia no quedaría traumatizada por la idea de que me había suicidado. Por supuesto, de cualquier modo, para la familia y los amigos el trauma es inimaginable. Pero estaba en una situación en la que ya nada me importaba. Solo quería acabar con el dolor.

Pero no tenía un arma. Era muy impulsivo, y si hubiera tenido los medios para suicidarme de la forma en que lo había pensado, lo hubiera hecho. Si hubiera tenido un arma, no estaría aquí sentado ahora conversando con usted.

Pude darme cuenta de que necesitaba un tratamiento con internación. Investigué algunos programas locales, pero ninguno se especializaba en socorristas – sabía que un programa para civiles no me serviría. Había oído acerca del Centro de Excelencia de la IAFF, que había inaugurado en marzo. Hablé con mi terapeuta sobre esto y me dijo, “Ese podría ser el lugar para ti”. Hice un llamado, y 48 horas después estaba allí. Fue el 19 de mayo del año pasado. Fue la mejor decisión que tomé en mi vida.

A los cinco minutos de haber entrado al centro de la IAFF, ya había gente que se acercaba y me preguntaba, “¿Qué anda pasando?” y me abrazaban. Me decían, “¿Necesitas algo hermano? Estamos aquí para ayudarte. Permíteme ayudarte con los bolsos”. En menos de 24 horas ya nos estábamos contando nuestras historias. Todos teníamos la misma historia, muy parecida, y eso era reconfortante – no tenía que explicar todo una y otra vez.

Te sacan de tu vida – tuve que abandonar mi teléfono celular, tenía que pedir permiso para usar Internet. No podía distraerme con todo eso, y así me podía concentrar en mi persona. Podía hacer llamados de privilegio, y llamaba a mi esposa y a mis hijos todas las noches.

Está todo muy bien pensado para hacerte sentir en tu hogar en un ambiente de bomberos. Llaman a los dormitorios “estaciones”, y están armados como cuarteles – las áreas comunes y la cocina son iguales a las de un cuartel, y las áreas para dormir son como las habitaciones con literas que existen en los cuarteles. Hay un gimnasio y cintas para caminar. Las comidas se sirven en una enorme mesa en una cafetería, y nos sentábamos todos juntos como se hace en los cuarteles.

El enfoque es una terapia de grupo, todos los días. Está concentrada en reuniones especiales para TEPT. Aprendimos sobre la complicación del sufrimiento, cuando uno queda pegado en medio del proceso de luto que nunca acaba, que no podemos dejarlo ir, y que termina por alimentar la depresión o el TEPT. Aproximadamente a la mitad del programa de 45 días, comencé a sentirme mejor físicamente – las cefaleas, los dolores y sufrimiento comenzaron a disiparse. Comencé a alimentarme mejor y bajé de peso. Comencé a dormir mejor. Comencé a pensar que el tratamiento podría realmente funcionar – no como el tratamiento ambulatorio, que no había funcionado y que me hacía sentir que acabaría con mi vida triste y angustiado, ya sea por mano propia o por abuso de sustancias.

Parte de todo esto fue muy duro. Cuando entré al programa, le pedí a mi familia que me enviara una carta contando cómo me había afectado mi TEPT. Me rompió el corazón leer que mis hijos sentían miedo de hablarme, que mi esposa se cuestionara si quería seguir casada conmigo. Me hizo pensar cómo había afectado mi trabajo como instructor de técnicos en emergencias médicas e incendios – tuve que abandonar la enseñanza porque las cosas me molestaban tanto que me ponía agresivo, lo que por supuesto creaba un ambiente muy poco saludable.

Soy una persona totalmente diferente ahora a comparación de hace un año atrás. Cuando regresé a mi casa, sentía temor y nervios esperando que se produjera ese primer desencadenante, pensando cuál sería mi reacción. Pero mis reacciones fueron buenas. Pude manejarlo bien. La ira, la bebida, el dormir – todo estuvo bien. Veo a mi terapeuta cada dos semanas.

Me llevó cuatro meses volver a adaptarme a mi vida. Luché contra la depresión cuando regresé y vi que no podía tambalear. Probé un par de tratamientos nuevos, incluyendo uno llamado estimulación magnética transcraneal, y la depresión desapareció. Mi familia definitivamente ve un cambio. Mis hijos están más contentos a mi alrededor, mi esposa está feliz. Me ven que estoy simplemente más feliz, volví a ser divertido. Es asombroso. No tener que luchar contra la depresión me permitió volver a trabajar y amar el trabajo y me permite ser un gran empleado para la ciudad.

Algunos muchachos de nuestro departamento me han preguntado cómo es el centro de la IAFF, pero nadie se ha acercado y me ha dicho, “oye, necesito ayuda”. Pero mucha gente fuera de mi departamento se ha acercado a decirme que necesita ayuda y me han preguntado qué es lo que yo pienso que deben intentar hacer. No es fácil – existe aún un gran estigma relacionado con este tipo de problemas entre los bomberos, y nadie quiere hablar de eso, es como que de algún modo se muestra la debilidad. No le había contado a nadie cuando asistía a mi tratamiento ambulatorio. Ahora, no obstante, todos saben que si necesitan hablar, pueden hacerlo conmigo. Asisto a la Conferencia de Instructores del Cuerpo de Bomberos todos los años y toco la percusión en la banda de gaitas, y después de volver del centro de la IAFF conté dónde había estado y lo que había hecho, y hubo amigos de la banda de gaitas que me llamaron y me enviaron mensajes de texto diciendo, “oye, me has inspirado en ir a buscar ayuda”. Me mantengo en contacto con gente que conocí durante el programa de la IAFF, y algunos deben luchar más que otros. La gran mayoría está haciéndolo muy bien.

Creo que los problemas del comportamiento están muy propagados entre los bomberos. Es un gran problema. Estamos perdiendo más bomberos y técnicos en emergencias médicas cada año a causa de suicidios que en muertes en servicio. He hecho una presentación sobre TEPT en nuestra conferencia estatal de la asociación, y he conversado con cuatro o cinco otros departamentos sobre esto. He prestado testimonio en la capital estadual en Hartford, en donde la legislatura está intentando aprobar un proyecto de ley que le brindaría beneficios y cobertura a la policía y personal de bomberos con TEPT.

Más gente habla sobre estos problemas y se está comenzando a romper con el estigma. Pero aún existe. Siento que algunos muchachos aún me miran y sé que están pensando, “sí, esto es todo una estafa, estás intentando obtener tu pensión” – de ninguna manera. Cuando fui al centro de la IAFF, el objetivo era mejorar y volver a trabajar. No tengo idea de lo que hubiera hecho si me decían, “Joe, no puedes volver a trabajar”. Es aquí donde quiero estar. Esto es lo que deseo hacer.

Se puede contactar a JOE KOVALSKY escribiéndole a . Fotografía superior: Bob Handelman

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