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Bienvenidos a la Jungla

Por Jesse Roman

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Con la industria de la marihuana lista para una rápida expansión en EE.UU., Colorado—el epicentro del negocio de la marihuana en el país — ofrece varias lecciones aprendidas, incluso prácticas de seguridad en instalaciones comerciales de cultivo y extracción, protocolos de inspección y más.

En una tarde soleada en Rocky Mountain, Jay Nelson y yo estábamos parados fuera de un centro comercial abierto en las afueras de Breckenridge, Colorado, junto a un cordón de locales a la calle denominado “La Milla Verde”. Estamos aquí para recorrer Alpenglow Botanicals, que desde afuera parece una tienda boutique de comida saludable que recibe turistas adinerados. Al entrar, no obstante, el fuerte aroma de las 1,000 plantas de marihuana penetra mis fosas nasales. “Vas a oler así por el resto del día”, advierte Nelson, subdirector del departamento de bomberos de Breckenridge.

En un edificio que comparte con un gimnasio de CrossFit, Alpenglow cultiva, cosecha, procesa y vende una variedad de productos de marihuana, incluso brotes, concentrados y productos comestibles. El dueño Justin Williams, un ex técnico de automóviles de 33 años de edad, convirtió su autodenominada “pasión por la marihuana” en un próspero negocio, que nos muestra con orgullo. Caminamos por un laboratorio clínico de extracción con piso damero que produce grandes cantidades de un pegajoso concentrado de aceite de hachís, luego por un laberinto de salas llenas de plantas muy cuidadas y luces de neón para cultivo. Williams nos explica con entusiasmo los ciclos de cultivo, las concentraciones de dióxido de carbono (CO2), los niveles de humedad y cómo se podan y cosechan las plantas. En una sala, brotes que se están secando cuelgan de estantes como trucha ahumada, mientras que tres veinteañeros sentados alrededor de una mesa de conferencias podan y pesan las plantas en balanzas digitales. Mi mente sabe que todo esto es legal, pero aún así tengo la incómoda sensación de que un equipo de SWAT podría tirar abajo la puerta en cualquier momento. Nelson, por otro lado, está relajado, y posiblemente aburrido. El ha visto esto miles de veces.

Colorado, después de todo, es el capitolio mundial del cannabis. La transformación comenzó en 2009 con un rápido aumento de la marihuana utilizada con fines medicinales, acelerado en 2012 cuando el estado se convirtió en el primer lugar en el mundo en permitir el uso legal de la marihuana con fines recreativos por cualquier persona mayor de 21 años, y resurgió nuevamente en 2014 con la apertura de tiendas especialmente autorizadas para la venta de marihuana. Existen ahora alrededor de 1,000 dispensarios autorizados de marihuana para uso con fines medicinales y recreativos en el estado, superando ampliamente la cantidad de locales de Starbucks (239). Existen también cientos de operaciones de cultivo y extracción, la mayoría concentradas alrededor de Denver.

Los organismos de seguridad pública han jugado un papel clave en darle forma a la evolución de esta industria que se encuentra en rápida expansión, frecuentemente encontrándose forzados a redactar el libro de textos al mismo tiempo que aprendían el material. “Nuestro conocimiento sobre la industria comenzó literalmente en cero”, dijo Brian Lukus, un joven ingeniero en protección contra incendios que lideró los esfuerzos en el tema de la marihuana en el Departamento de Bomberos de Denver. “Mientras tanto, la industria pasó de cero a cien millas por hora en un instante”.

El trabajo realizado en Colorado—así como en Washington, Alaska, y Oregón, estados en los que la marihuana es también legal con fines recreativos—puede brindar un mapa de ruta para otras jurisdicciones a medida que el movimiento de legalización continúa con su marcha metódica por toda la nación. Del mismo modo, las luchas de Colorado, algunas aún en curso, podrían ayudar a otros estados a manejar mejor cuestiones similares.

Las elecciones de este año pasaron a marcar un momento de inflexión para la legalización de la marihuana y de la industria del cannabis, dicen los defensores. En noviembre, Massachusetts, California, Maine, y Nevada votaron para que se permitiera el uso de la marihuana con fines recreativos. Varios otros estados, incluso Florida, Arkansas, Montana y Dakota del Norte, legalizaron la marihuana medicinal, uniéndose a 25 otros estados y al Distrito de Columbia donde ya es legal. Muchos estados están intrigados sobre la posibilidad de ganancias inesperadas sobre el impuesto a la industria del cannabis; una estimación prevé que los gobiernos federales, estatales y locales podrían percibir $28 mil millones de dólares anualmente si se legalizara la marihuana en toda la nación. La industria de marihuana representó $1 mil millones de dólares en Colorado el último año, y se espera que los ingresos de este año opaquen esa cifra.

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A medida que la industria sigue avanzando y ganando terreno, NFPA ha convocado a un grupo de trabajo formado por líderes en la industria de la marihuana, fabricantes de equipos y bomberos, la mayoría de Colorado, para redactar un nuevo capítulo para NFPA 1, Código de Incendios, sobre instalaciones de cultivo y procesamiento de marihuana. El comité técnico de NFPA 1 revisará el texto del nuevo capítulo propuesto en su próxima reunión de octubre.

“Muchas jurisdicciones están buscando pautas y necesitan algo ya”, dice Kristin Bigda, ingeniera principal en protección contra incendios en NFPA y enlace de personal para NFPA 1, quien ha estado guiando el grupo de trabajo. “Al mismo tiempo, creo que la industria también desea contar con una regulación. Estamos lidiando con una industria que no conoce los códigos de incendios y este momento requiere instrucción con respecto a quién es la NFPA. Queremos trabajar con ellos”.

Una vez que se complete el capítulo de NFPA 1, se podría continuar con una norma independiente sobre instalaciones de marihuana que aborde todos los aspectos del cultivo y procesamiento de la marihuana. Mientras tanto, NFPA puede crear una guía o sitio Web que recopile en un solo lugar, recursos y documentos existentes relacionados con instalaciones de marihuana. “Nos llevó seis años llegar a dónde estamos ahora”, dijo Lukus, un miembro del grupo de trabajo, “pero otras jurisdicciones deben ser capaces de adoptar algo y arrancar a toda marcha”.

Durante mi visita al estado en julio, muchos departamentos de bomberos de Colorado me dijeron que creen que la sustancial brecha de conocimiento ya está casi cerrada. Este año, Denver adoptó un capítulo integral sobre instalaciones de marihuana en su código de incendios. Muchas ciudades y pueblos desde Breckenridge hasta Boulder también cuentan con firmes reglas, procesos de inspección, permisos, y prácticas de implementación en orden para protegerse de algunos de los riesgos particulares que se presentan en las instalaciones de cultivo y extracción. Los inspectores que no sabían nada sobre cannabis en 2010 pueden ahora describir con la precisión de un horticultor capacitado el ciclo completo de crecimiento de la planta de marihuana y los equipos utilizados durante su cultivo y procesamiento. Los inspectores de los departamentos de bomberos que hace un par de años atrás no habían oído hablar sobre la extracción de marihuana, hoy pueden explicar el proceso casi tan bien como algunos de los directores de laboratorio que conocí.

“Hubo una curva de aprendizaje y todavía queda mucho por aprender, pero creo que estamos en un buen camino ahora”, me dijo Jackie Pike, subinspectora del Departamento de Bomberos de Breckenridge.

Los primeros días: “¿Por dónde empezamos?”

En 2010, pocos departamentos de bomberos habrían dicho que estaban “bien parados” con respecto a la industria de la marihuana.

A pesar de que la marihuana medicinal se legalizó en el 2000, no se lanzó oficialmente en el estado hasta octubre de 2009, cuando la administración de Obama anunció que dejaría de interferir en las operaciones con marihuana sancionadas por el estado, una diferencia significativa con respecto a la administración de Bush. Repentinamente, floreció una industria inactiva que se había languidecido bajo las restricciones federales, mucho antes de contar con un marco regulatorio que la gobierne.

Boulder, una arbolada ciudad universitaria de espíritu libre ubicada en la sombra de las montañas Flatiron, resultó ser particularmente atractiva para los empresarios de la industria de la marihuana. Dave Lowrey, jefe de inspectores del Departamento de Bomberos de Boulder, admitió que la ciudad fue tomada por sorpresa por la aparición de la industria de la marihuana. Los bomberos de la ciudad se toparon con la primera operación de cultivo comercial durante una inspección general en 2009, y en tan solo unos meses más se encontraron con alrededor de 150 empresas que, por no existir reglas de permisos y licencias, desconocían su existencia. Muchos productores habían alquilado depósitos, espacios para fabricación u oficinas, abriendo negocios en el anonimato. Una importante cantidad de emprendimientos, según lo descubrió prontamente la oficina del inspector del Departamento de Bomberos, era un embrollo de cables, mangueras, alargues, divisores de lona plástica y trabas y acabados interiores en violación del código. “Sin exagerar, nos paramos allí y pensamos, “¿Por dónde empezamos?” Lowrey me dijo. “Lo que vimos en esas instalaciones nos paralizó de miedo”.

Denver, que tiene de lejos la mayor cantidad de instalaciones de marihuana del estado, también presentó un aumento repentino de inadvertidas operaciones de cultivo de mala calidad en 2010, abrumando al grupo de inspección del Departamento de Bomberos. Para exacerbar el problema, muchos productores de marihuana se negaron a tratar las violaciones del código, me comentó Jeff Fletcher, un teniente a cargo de las inspecciones de marihuana en el Departamento de Bomberos de Denver. Como resultado, las citaciones y comparecencias en tribunales relacionadas con el negocio de la marihuana monopolizaron el tiempo de los inspectores de incendios.

Potentes luces cálidas colgando cercanas a divisores de ambientes de plástico, junto con circuitos eléctricos sobrecargados, llevaron a una serie de incendios en ese momento, dijo Lukus. También se observaron otros problemas. Muchas operaciones de cultivo utilizaban elevados niveles de CO2 para aumentar el crecimiento de las plantas, y químicos tóxicos para fumigar las salas de cultivo “sin alarmas, carteles, ni permisos, y sin respetar a los vecinos de alrededor”, dijo Lukus. Muchas instalaciones de cultivo no cumplían con la norma, tenían trabas o barras sobre puertas y ventanas para protegerse de los robos—barreras que además podrían evitar el egreso seguro en caso de incendios, así como también impedir el ingreso de los bomberos.

Para el 2010, había emergido también la producción comercial de concentrado de marihuana. Este proceso de producción por lo general incluye la utilización de butano o propano líquido como solvente para extraer THC, el ingrediente psicoactivo principal de la marihuana, de la planta. El butano atraviesa rápidamente el cilindro lleno de marihuana; la sustancia viscosa que gotea desde el extremo opuesto se calienta en un horno al vacío para extraer el exceso de butano, dejando atrás una sustancia pegajosa color ámbar por lo general denominada aceite de hachís, que puede ser THC puro en más del 80 por ciento—cuatro veces más potente que la planta de marihuana promedio. Esta extracción se puede fumar o utilizar para hacer diversos productos denominados Productos Infundidos de Marihuana (Marihuana Infused Products o MIP), como golosinas, bebidas y galletas. El término “MIP” se ha convertido en lenguaje común en las instalaciones de extracción.

En el 2009, empezaron a ocurrir, en todo Colorado, explosiones en hogares por la producción de aceite de hachís. Poco tiempo después, cuando comenzó la producción comercial, las precauciones de seguridad en el lugar eran por lo general tan rudimentarias como una operación hogareña. “Esta industria obviamente surgió de una ilegal, y muchos de estos muchachos comenzaron a hacer esto en el porche trasero, en el garaje o en la cocina de sus casas”, dijo Chris Witherell, ingeniero y propietario de Pressure Safety Inspectors, una compañía que inspecciona equipos de extracción de marihuana para organismos de seguridad pública. “Estaban haciendo explosiones abiertas, simplemente sacando butano embotellado y forzándolo por un tubo abierto y básicamente parándose en un charco de butano. Cuando se hizo comercial, muchos de estos muchachos todavía pensaban “hice esto durante 15 años y no morí—estoy bien. ¿Cuál es el problema?”

Ryan Cook, copropietario de The Clinic (La Clínica), que opera 11 instalaciones de marihuana en Denver, incluso un extenso laboratorio de extracción, me dijo que, en ese entonces no existía una estandarización de los equipos en las instalaciones de MIP. Cada uno tenía su propio método, dijo, agregando que “en un comienzo, los reguladores de equipos parecían algo así como un tipo de proyecto de plomería como el que uno haría con su padre en el garaje”.

Para los bomberos que intentaban encontrarle la vuelta a las instalaciones de extracción y cultivo en rápida expansión, el primer desafío fue simplemente comprender qué es lo que estaban mirando y el proceso involucrado. Se constató que habría una marcada curva de aprendizaje que la industria necesitaría superar. Tan solo algunos meses antes, muchos de estos nuevos operadores de marihuana habían sido hogareños entusiastas que desconocían el mundo de los códigos y permisos. Para seguir complicando aún más las cosas, las reglas que sí existían estaban vagamente definidas, y solo pocas personas—personas a cargo del cumplimiento y dueños de negocios—tenían una clara idea sobre qué reglamentaciones eran en realidad aplicables para la industria, o sobre las precauciones de seguridad requeridas. Los bomberos se dieron cuenta que reglas y pautas relevantes relacionadas con procesos similares se encuentran ocultas en varios códigos y normas e interpretar qué es lo que debería aplicarse a las operaciones con marihuana y el modo de hacerlo, resultó ser todo un desafío.

“Trabajamos con nuestros oficiales en construcción muy de cerca y les preguntamos, “¿Cómo queremos clasificar esto? ¿Dónde se ubicará esto en el código? ¿Qué seguridades queremos poner en orden?” Dijo Nelson. “También mantuvimos varias conversaciones con ingenieros sobre cómo cumplir con la mejor intención de los códigos. No todo cabe dentro de una misma bolsa”.

En Denver, la Oficina de Políticas sobre Marihuana del Alcalde comenzó a mantener reuniones regulares con las partes interesadas, legisladores, y organismos de seguridad pública, entre otros. Las reuniones ayudaron a poner todo sobre la mesa, el primer paso hacia el progreso. No sabíamos lo que no sabíamos; estábamos aprendiendo junto con la industria”, dijo Nicole Skoumal, supervisor de operaciones en el Departamento de Bomberos de Denver. “Estábamos aprendiendo lo que querían hacer, e intentando descubrir y comunicar con qué [medidas de seguridad] debían contar para hacerlo”.

“Se necesitó de una actitud bastante progresista de parte de todos allí presentes en el 2009 para analizar cosas como ésta y descubrir cómo mejorar y avanzar”, dijo Cook, que también participó de esos debates iniciales. “Trabajar con varios organismos y grupos creó una conciencia en la industria de que si trabajábamos juntos podríamos estar contentos con las reglamentaciones en orden al mismo tiempo que se reducirían las responsabilidades y se crearía un producto consecuente y mejor”.

Mientras se llevaban a cabo estas charlas, el Departamento de Bomberos de Denver creó un grupo independiente de inspección de marihuana, costeado en parte por aranceles e impuestos de licencias de marihuana. Los equipos de inspección caminaban todos los días por las instalaciones, conversaban con los propietarios, reunían opiniones valiosas y por lo general descubrían cuestiones que requerían de mayor consideración. Por ejemplo, cuando los inspectores observaron que las alarmas en sus medidores de gas portátiles a veces se activaban cerca de los extractores, “nos hizo dar cuenta de inmediato de que las reglamentaciones con las que contábamos [para el proceso de extracción] no estaban funcionando”, dijo Lukus.

Mientras los bomberos de Denver elaboraban los códigos y normas para la industria de la marihuana, lo mismo hacían sus contrapartes en todo el estado. Se intercambiaron ideas libremente. “Tomé prestado mucho de nuestro código”, me dijo Caitlin Kontak, detective en el Departamento de Policía de Breckenridge. “Todos estamos intentando ver cuál es la situación que mejor funciona”.

“Desde el sótano hasta la sala de directorio”: la industria de la marihuana sigue creciendo

De vuelta en Alpenglow, Nelson y yo estamos en la pequeña sala de extracción de la compañía revisando las características de seguridad que ahora requiere Breckenridge. Si bien existen variaciones aquí y allá, la organización de Alpenglow es típica de lo que muchas jurisdicciones con instalaciones de extracción en Colorado han establecido como un requisito mínimo.

El extractor, escondido en lo que parecería ser un antiguo guardarropas, es una larga y angosta máquina de acero inoxidable diseñada específicamente para la extracción de marihuana. Es un sistema de circuito cerrado, lo que implica que si todos los tubos y tornillos están ajustados de forma correcta, no permitirán el escape de ningún vapor inflamable. El solvente, butano o propano, viaja desde el tanque a través de un cilindro parecido a un pistón lleno de marihuana, extrayendo THC, que gotea en un tanque de recolección ubicado por debajo. La mayoría del excedente de butano se vuelve a recolectar y se regresa al tanque original. Un extractor como éste con una bomba de recuperación y todas las opciones cuesta alrededor de $30,000 dólares. Los extractores que utilizan CO2 bajo condiciones de alta presión en lugar de butano pueden costar $500,000 dólares, y son mucho menos comunes.

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Un ingeniero ha revisado y firmado el diseño de la máquina, y un profesional certificado en higiene industrial la ha vuelto a revisar durante su instalación en el lugar. Hay carteles sobre los muros de la sala alertando a los ocupantes sobre los riesgos. El antiguo guardarropas donde se ubica la máquina fue actualizado para funcionar como una campana de laboratorio, succionando y expulsando el aire. El extractor y la manipulación del solvente por parte de Alpenglow cumplen con NFPA 58, Código del Gas Licuado de Petróleo. En una mesa próxima a la máquina se observa un extenso libro que contiene los procedimientos operativos y las medidas de seguridad. Se montó sobre el muro un monitor de aire, al igual que una alarma con luces rojas, configurada para sonar y destellar cuando los gases inflamables en la sala alcanzan el 25 por ciento del límite inflamable inferior. La sala cumple con la Clase 1, División 1, lo que significa que todos los equipos electrónicos están seguros alrededor de vapores inflamables, según lo dictado por NFPA 70®, Código Eléctrico Nacional.

Las instalaciones de extracción de The Clinic en Denver son una versión más grande que las de Alpenglow. Dentro de una blanqueada sala de extracción de aproximadamente el tamaño de un típico garaje residencial, cuatro máquinas de circuito cerrado bombean miles de gramos de concentrado por día. Un extenso sistema de ventilación intercambia el aire en el interior de la sala siete veces por hora. Varias alarmas monitorean las condiciones del aire. Se prohíbe la presencia de cualquier equipo electrónico en la sala, y los empleados reciben una capacitación de un mes en las instalaciones antes de operar las máquinas, dijo Cook. “Estamos ahora en un mundo completamente nuevo, a diferencia de dónde nos encontrábamos en el 2009”, agregó. “La evolución de la industria, en general, ha sido bastante sorprendente. Hemos visto décadas de avance tecnológico en un período de tan solo siete años, y esto continúa.”

En la ciudad, la simple fachada sin nombre de las instalaciones de cultivo de 32,500 pies cuadrados de The Clinic oculta lo sofisticado de su interior. Cada una de las múltiples salas de cultivo está conectada con alarmas y detectores de CO2 que monitorean y mantienen las concentraciones de gas y alertan a los trabajadores en caso de pérdida u otro problema. Un miembro del personal con un iPad puede monitorear y ajustar las condiciones y los niveles de las luces en cada sala con tan solo pulsar un botón. Bombas automáticas llevan agua y nutrientes desde los tanques centralizados a las plantas por todo el lugar. Cuenta con un laboratorio de genética para crear nuevas cepas, una sala dedicada al secado y curación, máquinas automáticas especiales para podar los brotes, y una experimentación constante con iluminación y suelos. Está a años luz de la situación de The Clinic en 2010 cuando comenzó con un depósito de 5,000 pies cuadrados, me dijo Cook.

Queda claro que existe mucho más para la transformación de la industria además de las regulaciones. Mientras que los organismos avanzaron en la concepción de reglas de seguridad y se pusieron al día con el trabajo pendiente de las instalaciones que no prestaban conformidad, el mercado libre resultó de gran ayuda. Viendo que se podían hacer millones, los fabricantes comenzaron a construir modernos equipos sofisticados diseñados específicamente para el cultivo y extracción de marihuana. Los extractores de circuito cerrado, como los de Alpenglow y The Clinic, son ahora obligatorios en todo el estado.

Mientras tanto, la aprobación de la marihuana con fines recreativos en 2012, y la llegada de ventas minoristas en 2014, abrieron ampliamente el mercado, produciendo incluso más tecnología nueva y eficiencia que llevó a mejores resultados y un mayor suministro del producto. Como resultado, los precios de la marihuana en Denver se redujeron a más de la mitad en menos de dos años, desde más de $80 dólares para un octavo de onza a $40 dólares o menos en la actualidad, según los informes. La reducción de los márgenes de ganancias y los mayores costos llevaron a una importante consolidación de la industria. En un informe en el pasado mes de mayo, el Denver Post encontró que 10 personas ahora controlan casi el 20 por ciento de las 1,046 licencias recreativas y medicinales activas de Denver. “Las cifras hablan de una industria en proceso de consolidación, ya que los grandes operadores compran a los pequeños que luchan por cumplir con más reglamentaciones gubernamentales, reglas impositivas y otras presiones”, concluyó el Post. Básicamente, la industria ha pasado con éxito del sótano a la sala del directorio.

“Con respecto a los requisitos, muchos no pudieron solventarlos—literalmente tenían que gastar cientos de miles de dólares en costos mecánicos y eléctricos para cumplir con el código”, me dijo Lowrey, inspector del Departamento de Bomberos de Boulder. “Quienes se tomaron todo muy en serio fueron los que hicieron sobrevivir a su negocio”.

Bolder Cannabis and Extracts es uno de los negocios de Boulder que comenzó en 2009 y que está aún floreciendo. Su cofundador Spencer Uniss me dijo que su compañía en un principio contaba únicamente con $10,000 dólares y seis luces. “Ahora se requiere de un millón de dólares solo para comenzar este negocio”, dijo.

Si bien algunos negocios familiares en el estado han denunciado la tendencia hacia una consolidación, los funcionarios en seguridad le han dado la bienvenida a la maduración de la industria, que consideran que le ha llevado un equilibrio y un profesionalismo al comercio que no existía hace seis años. Boulder ahora cuenta con alrededor de 80 instalaciones de marihuana autorizadas, simplemente más de la mitad de la cantidad que tenía cuando no existían las reglamentaciones. Las que permanecen son las que son diligentes y se concentran en lo que respecta a cuestiones de seguridad, según Mike Rangel, inspector adjunto del Departamento de Bomberos de Boulder. “Han atravesado una transición para convertirse en los mejores compañeros con los que trabajar”, me dijo Rangel. “Si se observa alguna violación, se preocupan por resolverla con rapidez, porque tienen mucho dinero invertido y no quieren perderlo”.

La violación más común que Rangel observa por estos días: bombillas quemadas en luces de salidas.

Problemas recurrentes, y la necesidad de coherencia

Si bien las reglamentaciones de la industria comercial de la marihuana en Colorado han avanzado mucho, la situación sigue siendo dinámica a medida que evoluciona la industria en expansión. Existen cuestiones recurrentes que Colorado aún no ha resuelto. Por ejemplo, si bien los distritos más extensos y más pudientes como Boulder, Breckenridge y Denver han pasado un largo tiempo e invertido muchos recursos en lograr que la industria cumpla con el código, no es el caso en todos lados.

“La realidad es que muchas comunidades no manejan este tema aún, y no saben por dónde comenzar”, dijo Lowery. “Es posible que no estén tan familiarizados con el código, porque no cuentan con los recursos; tal vez son de tiempo parcial, y no voluntarios de tiempo completo”. Como resultado, Lowrey cree que siguen existiendo en el estado operaciones con marihuana de mala calidad, si no ilegales, similares a los cultivos llenos de riesgos que encontró en 2009. En marzo, la Asociación de Inspectores del Departamento de Bomberos de Colorado publicó una guía de referencia de 25 páginas con reglamentaciones relacionadas con las instalaciones de marihuana para ayudar a las jurisdicciones con menos recursos.

En Boulder la situación es crítica. Justo del otro lado de la frontera de la ciudad, en el Condado de Boulder, existen varias operaciones de cultivo que un proveedor de marihuana con el que conversé describió como “cultivos de Frankenstein”. Describió un laberinto de plantas, que se propaga a través de una sala tras otra; lonas plásticas; y un embrollo de cables y enchufes sobrecargados. El condado, que carece de los recursos de Boulder, está muy por detrás de la ciudad en la adopción de reglamentaciones y supervisión, me dijo Rangel. Como resultado, el Departamento de Bomberos de la ciudad ha decidido no ingresar a las instalaciones de marihuana en el condado durante un incendio. “Mis planes previos son de defensa porque no sé qué encontrar allí dentro”, dijo. “Se trata de tomar medidas de extrema precaución”.

La coherencia de las reglas y su implementación sigue siendo una gran preocupación en las instalaciones de extracción, según los bomberos y la gente de la industria. A diferencia de los equipos utilizados en otras industrias, ninguna de las máquinas de extracción de cannabis en el mercado ha sido probada o listada íntegramente por Underwriters Laboratories u organizaciones similares. Si bien la solución en muchas jurisdicciones ha sido requerir de ingenieros externos para revisar y aprobar los extractores, es difícilmente un sistema perfecto. Por un lado, los códigos y las normas en que se basan los ingenieros para realizar sus evaluaciones fueron redactadas para otros procesos e industrias. Por otro lado, no se ha acordado cuáles son los códigos aplicables, lo que significa que los ingenieros están siguiendo diferentes manuales de estrategias. En otras comunidades, directamente no existen reglas y el proceso completo de extracción está parcialmente regulado. “En muchas áreas periféricas en Colorado, los departamentos de bomberos ni siquiera tienen idea de lo que están mirando, y no comprenden los requisitos en el código existente”, dijo Witherell, propietario de Pressure Safety Inspectors.

Witherell es uno de los primeros ingenieros en trabajar de forma exclusiva en la industria de la marihuana revisando las instalaciones de extracción para los organismos de seguridad pública. Tiene clientes en varios estados, y dijo que existe una sorprendente variedad de reglas, equipos y conocimiento, una condición que también se aplica para funcionarios públicos, dueños de negocios e incluso otros ingenieros. Esto demuestra la necesidad de que NFPA desarrolle un código independiente sobre instalaciones de marihuana, procesos de extracción y equipos, dijo. NFPA 58, que presenta la base del código para gran parte de su proceso de revisión con los equipos de extracción, es insuficiente.

“NFPA 58 se redactó con una industria totalmente diferente en mente, lo cual deja la puerta abierta a la interpretación, y esto genera problemas”, dijo. “Tenemos un par de ingenieros que compiten con nosotros y que interpretan el código de forma diferente. Alguien hace una revisión de un sistema, y luego vamos nosotros a las instalaciones y decimos que no podemos firmar eso. Los fabricantes de los equipos dicen que está bien, luego venimos nosotros y decimos que no lo está. Necesitamos coherencia. Necesitamos algo a que apuntar y que se aplique a todos en todo el territorio estadounidense”.

El fabricante Matthew Ellis, presidente y fundador de ExtractionTek Solutions, coincide. Desde 2012, ha vendido alrededor de 400 de sus máquinas de extracción de marihuana, la mayoría en California, Colorado y Washington. Pero me dijo que se siente frustrado con las reglamentaciones emparchadas. Él quiere que todas las jurisdicciones promulguen y apliquen reglas para asegurar que gente certificada instale sus máquinas, que los empleados estén adecuadamente capacitados, y los equipos debidamente mantenidos. Ellis ofrece a sus clientes una capacitación de un día de duración sobre su maquinaria, y comparte documentos sobre los requisitos básicos para la organización de las salas de extracción, pero no tiene autoridad legal para asegurar que sus equipos se estén utilizando de la forma correcta, y esto lo hace sentir nervioso. “Independientemente de lo que hagamos, si no existen implementaciones o normas entonces no tiene sentido”, dijo. “Pero si se produce un accidente sí va a importar porque podría hacer que todos perdamos nuestros trabajos. Si se cierra la extracción, yo me quedo sin una compañía viable”.

Además, también están apareciendo posibles nuevos problemas. Al igual que en la creación de artesanías o en la elaboración de vino, el cultivo y la extracción se han transformado en una forma de arte, con miles de variables que pueden modificarse para crear diferentes productos para exquisitos paladares. Están apareciendo técnicas para extraer formas más puras de THC, incluso extracción de CO2 de alta presión, y métodos para un concentrado más refinado utilizando destilación de alcohol. En un intento por maximizar espacio, algunos centros de cultivo se construyen apilando plantas en estanterías de 30 pies de altura. Otros han comenzado a quemar dióxido de azufre dentro de las salas de cultivo para matar el moho, lo que podría crear un riesgo para la salud de los empleados y socorristas.

A medida que los fabricantes siguen innovando, los bomberos se esfuerzan por mantenerse a la altura de las circunstancias. “Como en cualquier industria, necesitamos adaptarnos”, dijo Nelson. “Si comenzamos a pensar que sabemos todo y que tenemos todo bajo control, ahí es cuando se puede producir una falsa sensación de seguridad”.

Cuando le pedí a Lukus que refleje el estado actual de la industria de la marihuana en Denver, solo se adjudicó para sí y para su departamento de bomberos una victoria fugaz. “Estoy cómodo en el lugar que estamos”, dijo, luego hizo una pausa. “Pero si hace seis años me hubieran preguntado si me sentía cómodo, posiblemente hubiera dicho que sí también en ese entonces. La realidad es que aparece algo nuevo cada pocos meses”.

Jesse Roman es editor de NFPA Journal.

Riesgos del comercio

Al igual que con cualquier proceso industrial, la producción de marihuana llega con una serie de riesgos, algunos más extraños que otros. En general, los riesgos se dividen en aquellos asociados con el cultivo, y aquellos asociados con el proceso de extracción de THC. Los riesgos del cultivo incluyen:

Egreso—Con escaso espacio, la mayoría de las instalaciones de cultivo están muy abarrotadas, y por lo general las plantas se reacomodan de acuerdo a sus ciclos de crecimiento. Mantener los recorridos y las puertas de salida libres puede ser un problema. Asimismo, ya que la mayoría de las instalaciones de cultivo se ubican en edificios reacondicionados, “muchos de ellos parecen no tener fin—son como un laberinto, uno atraviesa puertas y puertas y más puertas”. Dijo Brian Lukus, ingeniero de protección contra incendios que lideró las acciones sobre marihuana en el Departamento de Bomberos de Denver. “Cumplen con los requisitos de egreso, pero durante un incendio sería fácil que un bombero se pierda”

Luces—CLos cultivos cuentan con muchas luces cálidas, colgantes que permanecen encendidas durante 24 horas al día. Si las lámparas están ubicadas demasiado cerca de materiales combustibles, se pueden generar incendios. Algunos cultivos utilizan cordeles para colgar las luces, y esto genera la inquietud de que podrían caer sobre los socorristas durante un incendio. Denver ha comenzado a exigir que se utilicen cadenas para colgar las luces.

Divisores plásticos/acabados interiores combustibles—Los centros de cultivo podrían requerir varias salas independientes para separar las plantas según sus ciclos de crecimiento e iluminación. Algunos productores levantan carpas dentro de las salas, o cercan los espacios con lonas u otros materiales inflamables, creando riesgos de incendio e inconvenientes relacionados con el egreso.

Cargas eléctricas altas—Cientos de luces de alta potencia, aire acondicionado, ventiladores y otros sistemas implican que las casas de cultivo utilicen una cantidad significativa de energía eléctrica. Si los cultivos no cumplen con el NEC®, los circuitos y cables sobrecargados pueden provocar incendios.

Fumigación—Los hongos y el moho pueden destruir los cultivos y generar pérdidas millonarias. Algunas salas de cultivo han adoptado medidas de fumigación que utilizan dióxido de azufre, que puede ser tóxico para empleados y socorristas.

Trabas/Barreras ilegales—Los valiosos productos básicos en el interior han generado la necesidad de que algunos propietarios de cultivos refuercen las medidas de seguridad colocando barras en puertas y ventanas, utilizando trabas que no cumplen con el código, e incluso perros guardianes, y todo esto puede obstaculizar el egreso e ingreso durante incendios u otras emergencias.

Enriquecimiento de dióxido de carbono (CO2)—Muchos productores declaran que ambientes enriquecidos con CO2 pueden aumentar la producción de marihuana en un 20 por ciento. Si bien los niveles de CO2 para un crecimiento ideal están muy por debajo del nivel que podría asfixiar a una persona, se han observado fallas y pérdidas. En la mayoría de las jurisdicciones, se requiere que las salas estén monitoreadas y cuenten con alarmas con válvulas de cierre automático en caso de pérdida.

El proceso de extracción utiliza un solvente como butano o propano para recolectar y concentrar THC,  el ingrediente psicoactivo principal en la marihuana. Los riesgos de la extracción incluyen:

Butano/propano—El proceso de extracción más popular incluye la utilización de estas sustancias inflamables y potencialmente explosivas como solvente para separar el THC de la planta. Si bien los extractores deben contar con un diseño de sistema de circuito cerrado, se produce de todos modos la pérdida de gases al abrir el cilindro de recolección y extraer el aceite de hachís.

Extracción de CO2—Este tipo de extracción de THC no requiere de sustancias inflamables, pero las máquinas operan con presiones tan elevadas como 10,000 libras por pulgada cuadrada. Si no se instalan o diseñan de la forma correcta, los extractores pueden explotar, causando destrucción y muerte.

Reglamentación/supervisión—Ante la ausencia de un código independiente, algunos individuos a cargo del cumplimiento y reguladores dudan sobre los requisitos del código o difieren en sus opiniones sobre el mismo en lo que respecta a las instalaciones de extracción. Algunas jurisdicciones aún deben adoptar cualquier código local con respecto a estas instalaciones.

Equipos de extracción—No existen normas listadas o basadas en el desempeño para los equipos de extracción. Los ingenieros pueden no estar de acuerdo con los requisitos de seguridad y en ocasiones utilizarán diferentes códigos como base para la revisión de los equipos. Se observa una falta de coherencia.

Capacitación insuficiente—No es necesario que los operadores de extracción estén capacitados, ni tampoco existe ningún programa de certificación acreditado para la operación de extracción de marihuana.

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